Allá por 1992, un niño de 15 añitos llamado Raúl González Blanco (te fastidias atleti, el apellido de su santa madre anticipaba su sagrado destino) se veía obligado a buscarse la vida en territorio vikingo. Le expulsasteis del templo rojiblanco de mala manera, a pesar de que metió 55 golitos en el Atlético Infantil. Ese niño quedó marcado por esa falta de tacto y de cariño. Y en esas apareció el Madrid, el salvador, la isla del tesoro que le enseñó el camino de la verdad. Raúl vio la luz (blanca, por supuesto) y a partir de ahí empezó una nueva vida plagada de ilusiones, triunfos, goles, Champions, Ligas, Intercontinentales, aguanís, palancas, pichichis...
Raúl nació para jugar en el Real Madrid y esa espina te tiene amargado desde el día que debutó en el Bernabéu clavando un golazo por la escuadra en la portería de Diego, ese portero rubio platino que parecía el cantante estrella de Locomía. Raúl actúa ante el Atleti como si fuese un trofeo de verano. Se divierte, juguetea con vosotros y os burla hasta remover vuestras castigadas conciencias. Con Superlópez se hizo una petaca en un derbi inolvidable, solo digo eso...